EL SEIS
México
(EL PADROTE DE LA MUERTE)
El Seis nació en la Perra Tapatía. Se inicia a escribir desde su primera Cópula, contaba con 14 años de maldad, la amante fue una hermosa dama llamada: "LA PROSTITUTA COSMICA". Sus estudios los ha realizado en la Universidad, como en las piernas calientes de la ciudad.
Ha fundado un gran número de trípticos, dípticos, plaquettes, y revistas literarias, de las cuales sólo se mencionan: Tonsol, Pensamiento y Tequila.
También ha participado en las más diversas publicaciones, pero la que más le agrada es la revista V.L. 2,000, de la cual fue cofundador. Ha participado en lecturas en diversos foros; incluyendo la Casa de la Cultura, así como en silenciosos panteones y gloriosos bares. Actualmente distribuye su tiempo en escribir poesía y prosa, y en iluminarse en los Templos de Dionisos, y en arduas peregrinaciones mentales de opium. La mayoría de su obra está recopilada en Ediciones Capaverde, y en cientos de cuartillas olvidadas en las ínfimas cantinas.
Ha publicado su Obra Literaria a lo largo de algunos estados de este país esquizofrénico, hasta llegar también a otros tantos países del globo terráqueo. Aunque esta cuestión en particular, tiene al autor sin ninguna importancia. Ya que él manifiesta: YO SOY EL ARTE.
Para finalizar diremos que el escritor tiene una inclinación psicopatológica por las infantes hermosas de 15 años de pasión. Le gusta que tiemblen y giman cuando escuchen su desgarrada voz.
poetaelseis@yahoo.com.mx
EL CANTO DE UN NOSOFILO
(O LAS DELICIAS DE UN LOCO)
Estoy hecho maravillas
y aúllo
arco iris de gusanos
que brotan de mi ser
Mi respiración
es un fabuloso caos
inhalo pájaros ebrios
exhalo buitres de plomo
y allá a lo lejos
hay calles torcidas
donde el origen
es claro
pero el final no existe
son conductos pulmonares
están llenos de virus dopados
que dementes
circulan sobre el asfalto
celular
cantando melodías
estridentes de bacilos
sobre mi aparato respiratorio
El río de mi sangre
transporta
un infinito número
de serpientes decapitadas
que en forma microscópica
nadan juntos
en terrible competencia
con glóbulos rojos
Blancos
Mi epidermis otrora
blanquísima
está tapizada
toda
de extrañas y negras
larvas
que lentamente
devoran
la cobija orgánica
llamada piel
Mi corazón está olvidado
entre el torbellino inclemente
de recuerdos
y tiene como contenido
especial
algunos alucinantes sapos
miles de ranas locas
que con su endemoniado
canto
hace latir ese extraño
órgano
lanzador de líquido
rojo
Rojo
El viento tiene
fracturadas
sus alas plateadas
y enfermo
llega ante mí
y con sus garras
me atrapa
y cubre todo mi cuerpo
con parvadas furiosas
de ácaros
que enloquecidos
me consideran
un festín...
ja.
Ja.
Ja.
SE PERDIÓ ENTRE LAS NOTAS
DE UNA TRISTE MELODIA.
Estoy esperando una bella
Dama
Que brote de su ser perfecto
Una melodía
Llena de cantos de guitarras
Estridentes
Una lluvia de tambores
Que hagan temblar el cielo
Un sonido lloroso de metal
Que rompa el umbral
De lo posible
Y se convierta en pura
Bruma de sonidos
Y tiempos
Que su cuerpo se contorsione
Presa de algún endemoniado
Requinto
De una cítara increada
Que estuvo almacenada
Dentro del arcón del cosmos
Donde guardó silencio
Eterno
Eterno
Que el sonido perfecto
De una canción
Cualquiera
De un grupo bañado
De metal
Haga bailar el cuerpo
Tapizado de sudor
De la dama vestida
De luna
Y maquillada
De sol
Y que lentamente
Se pierda su contoneo
Entre los brazos inmensos
Del universo
Allá a los lejos
Una voz afónica
Lanza adoloridos aullidos
Llamándome
Buscándome
Entre los riscos de concreto
De una ciudad muerta
Donde todos los hombres
Están degollados
Y las mujeres han sido violadas
Mi búsqueda endemoniada
Esta atrapada
Entre cuatro paredes
De cadáveres jóvenes
Que no dejan mover mi cuerpo
Sobre
Una montaña de huesos
Y una laguna desbordante
De sangre
De peces ebrios de dolor
Que se dejan atrapar
Por el perverso pescador
Mordiendo
El ardiente anzuelo
Para ser llevados
Al sartén de hierro
Para bailar la última danza
Entre los dientes podridos
Del miserable cazador
La mujer que algún día
Esperaba
Reservándole
Los climas de mi cuerpo
Nunca llegó
Se quedó atrapada
Entre las notas violentas
De un violonchelo
Nunca visto
Nunca tocado
Un violín eléctrico
Rojo
Lanza aullidos
Dardos del silencio
Para atrapar los oídos
De los muertos.
HOY ESTAS BELLAMENTE EXTRAÑA
He buscado tus ojos
Todo el día
En el óleo de tu rostro
Y sólo he encontrado
Dos cavernas
Donde vuelan
Miles de murciélagos
Ebrios
Tus labios trémulos
Delineados
Por algún pincel alado
Bañados de rojo carmesí
Por el vaho del sol
Hoy están pálidos
Sin vida
En cortejo fúnebre
Como esperando
Ser sepultados
En el cementerio del tiempo
Mientras una campana
Gótica
Llora flores de colores
Tu rostro es la ausencia
Misma
No hay antorchas encendidas
De pasión
Ni la luna se baña las noches
En las aguas frescas
De tu boca
Tampoco las nubes caprichosas
Invaden
Con sus cuerpos de neblina
La llanura de tu faz
Estás sembradío olvidado
Donde los frutos esperados
Lanzan semillas de agonía
Al arcón
De la muerte…
No hace mucho te vi
Flotando
Sobre las aguas vertiginosas
Del mar apasionado
Donde las grandes olas
Son gemidos de vírgenes
Viejas
Desdentadas
Las marejadas nocturnas
Son los lamentos
De los desdichados
Los silencios del mar adentro
Son los gritos inconclusos
De los suicidas
Mientras los "ecos del agua"
Se añejan
En lo cuerpos
De las embarcaciones encalladas
Tú te conviertes en la sirena
Aurea
Que todo "pirata loco"
Desea atrapar
Para llevársela a su nido de amor…
Hoy estás en blanco y negro
Toda
Pero te sientes el arco iris
Que ilumina
El mundo de tus tristes enamorados.
EL CANTO DE UN LOCO…
Hoy me siento atrapado
En este ataúd de huesos
Llamado cuerpo
Trato en vano de salir
Volando
Cual pajarraco ebrio
Dopado
Demente
Loco…
Pero existe una relación
(No muy amistosa)
Entre la carne palpitante
De mi ser colorido
Y la nave insurrecta
rebelde
De mi psique
Hoy es un océano furioso
Mi Yo
Ninguna vieja embarcación
Que transporte
Mil prostitutas
Sifilíticas
De orgiásticos cantos
Que usen como combustible
Su contaminada
sangre
Puede navegar entre los maremotos
Inclementes
De mi ser de agua
Sólo puede pasar sobre mi cuerpo gélido
Una tranquila barca
Llena de guirnaldas
Hindúes
Donde una bella mujer de mirada
Inquietante
Eleve una bella canción
Para adorarme
Todo
Que lleve en sus pequeñas manos
Una vasija de oro
Donde el soma "elixir de los dioses"
Me sea ofrendado
Mientras la dama esbelta
Interpreta la más erótica
De las danzas
Para excitarme
Hasta la locura
Soy un elemento indispensable
Para la vida
Pero
Estoy que me bebo a mí mismo
En este momento
Esperando
Quizá
Que mi ser se convierta
En un valle muerto
Seco
Sombrío
Donde algunos humanos
Recuerden
Con cierta nostalgia
Aquí estaba un océano
Bello
Que murió un día cualquiera
Dirán algunos navegantes
somnolientos
Era tanta su "soberbia espiritual"
Que prefirió sucumbir entre
Las turbulencias
De su ser…
Que convertirse en presa involuntaria
De las infinitas
Tediosas
Noches de desconsuelo.
“EL MOVIMIENTO DEL COSMOS,
ES UN JUEGO ERÓTICO, QUE SE
DESARROLLA POR SIEMPRE…”
Ahí dentro del corazón
Del viento
Se encuentra
Un antiguo cofre
De madera Siria
Donde salen
Gritos alarmantes
Y algunos suspiros
Lejanos
Del más puro amor…
Como esperando
Ser escuchados
Por oídos
Inclementes
De los humanos
La luna muestra
En plenitud
Toda su desnudez
Son sus pechos
Una lluvia
Cósmica
Su talle perfecto
Es la lejanía
En cuarto menguante
Sus caderas de plata
Son el puro movimiento
Cuando está llena
Y presa de un delirio
Sexual
Abre las piernas
Para ser poseída
Toda
Mientras un hermoso
Eclipse
Se asoma entre
El manto de la noche
El sol es un soltero
Eterno
Que se baña diario
Con agua de testosterona
Mientras
Observa
Una danza erótica
De las mil lunas
Que suavemente
Se despojan
De sus prendas
De cometas
Para mostrar sus cuerpos
Perfectos
Que se mueven sobre
La pista de baile
De un antro
Llamado
“Sobre su órbita”
El tiempo posee
Alas
Construidas de nubes
Por eso son infinitas
Sus manifestaciones
Sobre los rostros
De los humanos
Que soberbios
No aceptan
El tatuaje del tiempo
Que lentamente
Los consume
Hasta convertirlos
En ancianos
En esqueletos
En polvo
El planeta
Se vistió
Azul
Su cuerpo
Se cubrió
Con una bufanda
De meteoritos
Su cuello etéreo
Se perforó
El ombligo
Terráqueo
Con un aerolito
Veloz
Después
Peinó
Su cabello
De sabanas
Inmensas
Y se preparó
Para
Pavonearse
En el ballet
Perfecto
De la rotación
Y la translación
Mostrando orgulloso
Su increíble
Locura
Mientras se bebe
Un sorbo
De Vía Láctea
GUERRERO DE ACERO
Tengo unos ríos
de sangre
entre el cosmos
de mis intestinos
Tengo todo el smog
de la gran urbe
bañando mi
sistema respiratorio
Tengo un sinfín
de lagunas
sobre las nubes
de mi loco
Cerebro
Tengo un sistema
complicado de
circulación
por donde corren
ríos ebrios
que desembocan
en la gran cantina
llamada “El Corazón”
Tengo un cuerpo
hecho para la guerra
y cual tanque potente
voy por la vida
destruyendo todo
y recibiendo algunos
“daños menores...”
SOBRE EL VAIVEN DEL AMOR
Nos gusta jugar al amor
Hace un diluvio
De pasión
Le colgamos al negro
Viento
Algunas palabras
Confesas
Sobre la espalda
De su velocidad
Mientras
Gotas aladas
Caían
Convertidas
En voluptuoso
Sudor
Sobre el vertiginoso
Oleaje de gemidos
Y el maremoto
Furioso
De nuestros cuerpos
Desnudos
Cuando se esconde
El terrible
Sol
Entre las faldas
De la luna
Somos animales en celo
Desvestidos
Del antiguo
pudor
Trepidantes
Oscilatorios
Sobre las brumas
eróticas
del placer inmenso
de la fornicación
Nunca nos importó
el plomo
que deja caer la lluvia
sobre nuestras
figuras
Menos
Los rayos ultravioleta
Que exterminan
Nuestras antiguas
Sombras
Eramos algo así
como
enamorados eternos
que en lugar de aureolas
santísimas
nos cubrían sombrillas
de maravillosas
substancias terrenas
Aquí estamos convertidos
En aullidos
De soles
Lanzando dardos
De luces
A la nave espléndida
De nuestro amor
Oh
Susana
Somos cielos inclementes
Que mostramos
Infinitos rostros
Entre cascadas grisáceas
De diversas
Y fortuitas formas.
miércoles 18 de noviembre de 2009
Leónidas Lamborghini
Dos poemas de Leónidas Lamborghini (Argentina)
El solicitante descolocado
Desempleado
buscando ese mango hasta más no poder
me faltó la energía la pata ancha
aburrido hace meses, la miseria
busco ahora trabajo en la era atómica
dentro o fuera del ramo
si es posible.
Todos los días abro El mundo
un jardín de esperanzas
en la sección empleados
voy clasificándome
atento
este aviso me pide.
Entonces
a escribir con pasión y buena letra
adherido con lealtad
—ser claro—
escucho el ruego del ruiseñor
uniendo lo primitivo a lo culto
la inspiración a la escuela
trato de seducir
con mis antecedentes.
Solicitud detállame
el que suscribe
práctico en desorganizar
está deseando
ganarse un pan en tu establecimiento
hombre de empresa
casilla de correos.
El saboteador arrepentido
En mi rostro está escrita la aceptada
renuncia
tanto vil ostracismo
después supe
el trabajo es salud, es factor
dignifica
y lo otro es el crimen
la poesía maldita
Yo era el brazo derecho ahora no soy nada
Esta guitarra cae ya
volcada de mi alma
su última nota
espera.
Leónidas Lamborghini nació en Buenos Aires en 1927. Luego de abandonar la Universidad trabajó como tejedor y a partir de 1956 se dedicó intensamente al periodismo y a la poesía, por la cual recibió el rápido reconocimiento de escritores como Marechal, Juan L.Ortiz y Girondo. Se exilió en México con su familia entre 1977 y 1990, año en el que regresó a la Argentina. Su obra poética, una de las más originales y revulsivas de la literatura actual en lengua española, incluye títulos como Al público (1957), El solicitante descolocado (1971), Episodios (1980) y Odiseo confinado (Premio Boris Vian 1992). El conjunto de su obra recibió el Premio Leopoldo Marechal, en 1991.Un amor como pocos, publicada en 1993, es su única novela hasta el presente.
El solicitante descolocado
Desempleado
buscando ese mango hasta más no poder
me faltó la energía la pata ancha
aburrido hace meses, la miseria
busco ahora trabajo en la era atómica
dentro o fuera del ramo
si es posible.
Todos los días abro El mundo
un jardín de esperanzas
en la sección empleados
voy clasificándome
atento
este aviso me pide.
Entonces
a escribir con pasión y buena letra
adherido con lealtad
—ser claro—
escucho el ruego del ruiseñor
uniendo lo primitivo a lo culto
la inspiración a la escuela
trato de seducir
con mis antecedentes.
Solicitud detállame
el que suscribe
práctico en desorganizar
está deseando
ganarse un pan en tu establecimiento
hombre de empresa
casilla de correos.
El saboteador arrepentido
En mi rostro está escrita la aceptada
renuncia
tanto vil ostracismo
después supe
el trabajo es salud, es factor
dignifica
y lo otro es el crimen
la poesía maldita
Yo era el brazo derecho ahora no soy nada
Esta guitarra cae ya
volcada de mi alma
su última nota
espera.
Leónidas Lamborghini nació en Buenos Aires en 1927. Luego de abandonar la Universidad trabajó como tejedor y a partir de 1956 se dedicó intensamente al periodismo y a la poesía, por la cual recibió el rápido reconocimiento de escritores como Marechal, Juan L.Ortiz y Girondo. Se exilió en México con su familia entre 1977 y 1990, año en el que regresó a la Argentina. Su obra poética, una de las más originales y revulsivas de la literatura actual en lengua española, incluye títulos como Al público (1957), El solicitante descolocado (1971), Episodios (1980) y Odiseo confinado (Premio Boris Vian 1992). El conjunto de su obra recibió el Premio Leopoldo Marechal, en 1991.Un amor como pocos, publicada en 1993, es su única novela hasta el presente.
jueves 29 de octubre de 2009
Jorge Galán (Premios del tren - Poesía)
PRIMER PREMIO
LOS TRENES EN LA NIEBLA
Jorge Galán
Los trenes salían de la niebla. Me dejaban atrás. Yo era su pasado
más inmediato. Entonces vivía al final o al inicio de lo que llamábamos horizonte
y veía subir y bajar a tantos que aprendí a saber quiénes no iban a volver más.
No puedo decir que se los veía en los ojos ni que algo les cubría
pero aprendí a distinguirlos como se distinguen los vivos de los muertos,
cuando el frío hace que no nos queden dudas.
Sé que nací un noviembre en una época donde aún existían las cartas de amor.
Ese día en alguna parte era otoño, pero acá era invierno con lluvias
y yo sé que a nadie interesan estas cosas, pero ese año,
el último día de diciembre, a medianoche, mi madre y la familia
de mi madre esperaron en el patio trasero, sentados a la mesa,
la caída del tiempo de los hombres. Pero nada pasó, les habían mentido,
las escrituras no cumplieron sus promesas entonces, ni una figura
surgió de las nubes ni se escuchó campana alguna ni trompeta.
Decepcionados caminaron a través de una línea de tren hacia la oscuridad,
sus rostros eran la tristeza, poco les quedaba, alguien, nunca
se dijo quién, dio fuego a la iglesia y esta ardió hasta el amanecer
y nadie más volvió a visitarla porque nadie la levantó
y yo crecí como una pupila que se acostumbra a la sombra.
Era un chico cuando escuché el primer silbato
y hacía mucho que no era más un hombre cuando vino a mí el último,
y era tan semejante al primero que podría creer que era el mismo.
Y entre el primero y el último, un instante, un aliento del mundo.
Una vez vi un hombre que venía de la nieve, era oscuro
como aquello que la luna no puede afectar con su magia en el fondo del mar.
Fue él quien me habló de los enormes hielos que se paseaban
sobre la superficie de las aguas como ciudades muertas sobre una pupila,
hielos como planetas en el desierto de lo inconmensurable,
ahí donde demonios y ángeles, me dijo, luchan desde una antigüedad inusitada
por hacerse con lo que no existía, con el destino del hombre.
Puedo decir que sus manos eran frías y gruesas y lo mismo podría
decir sobre sus ojos y quizá sobre su alma: he probado la carne del lobo
y del zorro y del hombre, me aseguró. El Ártico es una selva blanca,
la vida ahí no es un cuento que alguien narra en un bar, ahí el filo brumoso
de un cuchillo, ese brillo, hace la diferencia entre el ahora y el después.
Un día una mujer vino del mar. Del mar no sabía más que historias de viajeros asombrados.
Pero sus poderosos muslos eran islotes tostados bajo el sol, su rostro
era una ola de arena gruesa y gris, bajo su mano suave como una nube
mi mano se hundió como un albatros que cae después de mil días de viaje,
perdido, para morir bajo las aguas, entre las serpientes y los tiburones,
y todo yo me sumergí y ella me aseguró que sus palabras, tan suaves
en mi oído, eran como el canto de las ballenas y que no debía temer,
que no temiera morir en esas aguas, que la tormenta nunca temió del mar,
y no temí y por tres meses un aliento salado me recorrió todo mi cuerpo
y cuando, llegado otra vez el tiempo de las lluvias, ella no miró atrás,
su espalda adquirió la forma de una raya y yo la vi perderse hacia el sur tempestuoso
sin atreverme a nada, sin saltar hacia ese acantilado que se abría ante mí
como un cielo distinto, sin emitir un leve susurro emocionado.
Y todo pasó y las estaciones del mundo cambiaron una y otra vez y otra y otra.
Marzo tenía olor a mandarinas y diciembre a manzanas frescas.
Envejecí una tarde cuando el temblor de una mano me impidió repartir unas cartas.
Una noche alguien me preguntó mi nombre y lo había usado tan poco
que no le recordé, entonces, luego de vender el último billete del día,
salí y bebí y volví a beber y bebí tanto y luego dormí tanto que al despertar
nada era ya lo mismo dentro mí. Jamás había tomado el tren hacia las montañas
ni hacia el mar ni hacia ningún país vecino ni hacia ninguna parte.
Todo había quedado atrás hacía demasiado tiempo: la madre y la familia
de la madre se habían detenido en alguna parte que yo no conocía.
Una sola taza había en la alacena, una sola cama, una sola silla, un cepillo de dientes
en el baño de una casa de madera sin pintar, visitada por los mosquitos
y las voces de unos que ya no estaban ahí pero que insistían, llegada la noche,
en conversar sobre tiempos antiguos donde existí sin existir. Hacía tanto
que para alguien que ni si siquiera sospechaba yo también era solo una figura
que cada madrugada salía de la niebla. Y lo sabía todo, lo había comprendido.
Esa mañana no quise volver más y ya no volví más a ningún sitio.
Desde entonces ya no recuerdo ni sé mucho, y quizá sea mi única certeza
que como yo, todos aquellos trenes, también salían de la niebla…
Jorge Galán Poemas Una Muchacha A Karen Lisseth Aparicio Arévalo Conozco una muchacha que ha dejado de ser muchacha y es una gran tristeza dentro de una muchacha de inmensos ojos claros que me recordaban y aún me recuerdan los ojos de una vieja muñeca que conocí alguna vez y sus grandes pestañas parecen abanicos de seda y su boca parece una fuente de donde viene el alba y por eso lamento tanto haber escuchado esa flauta terrible creciendo hacia dentro de ella como el río que viene de las montañas nevadas y se adentra en la cueva hasta volverse una serpiente oscura, subterránea, que transita horadando todo a su paso, carcomiendo y fundando en la piedra monumentos que solo pueden mostrar el deterioro. ¿Me pregunto hace cuánto no se detendrá, ella, la misma, sola bajo el crepúsculo y mirará las estrellas tempranas sobre los cerros colmados por una luz tardía y luego, bajando la vista, entre los arbustos, sorprenderá lo que solo al ocaso se sorprende: las hadas que alguna vez – esto no lo recuerda – la hicieron volar de una mesa a una cama de una cama a un sillón y de un sillón a la cama otra vez en un vuelo que era, lo sé, el mismo que el del diente de león en las briznas ya cálidas de marzo y que a medida que se aleja va cayéndose y dejando una magia amarilla donde quiera que pasa, y lamento tanto, al recordar estas cosas, todos estos motivos más hermosos que una marea atrapada en la pupila asombrada de una anciana que ve por primera vez el mar, que esa muchacha ya no sea la muchacha dulce que solía conocer sino una tristeza dentro del cuerpo de una muchacha que, alguna vez, no hace mucho, me ha tomado una mano y me ha llevado, a través de la niebla, hasta salir a un sitio de colinas donde pude otra vez asir el aire con unas manos tibias
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y donde pude, además, ver el color marrón de las piedras y el verde fresquísimo del pasto y ahora, por todo eso, me apena tanto ver en su pequeña alma, igual que en un pequeño estanque, esas estrellas muertas que nadie ha de mirar, y ella misma es una mínima estrella para la cual no hay ojos, salvo mis propios ojos amarillos que ella vio y no recuerda o cree no recordar y se esconde, tras murallas altísimas erigidas con hierro y miedo y fango, y huye de mí, se esconde como el barco fantasma se esconde de los ojos curiosos tras la niebla marina. Pero un alba nunca es en vano como no puede ser en vano un relámpago ni esa música que de su aliento cae como fruta invisible que comí y aún como y por eso puedo decir que conozco a una muchacha que ha dejado de ser una muchacha y es una gran tristeza pero que esa tristeza no es más grande que el mundo y que yo he visto el mundo en su pupila como una perla azul y sumergida en una gota cínica de llanto que secaré en mi dedo cuando halla que secarla… ¿Cuándo será el instante más propicio de todos para secar el llanto de una dulce muchacha?
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Jorge Galán Poemas Paseo de una Niña en la Playa Ya sin tocar el suelo, sus pies casi de agua se deslizan, lentísimos, sobre la arena parda matizada de espuma. Es casi mediodía, sobre ella las gaviotas planean dulcemente, el mar que hizo en la piedra motivo de su furia no se atreve en sus pies, retrocede, no vuelve sino en rocíos lentos de un azul menos ávido. Le toca con su música, con su arrullo y se vuelve un amante imposible que encuentra en la tristeza el motivo preciso para intentar dormirle, hechizarla, volverla su sueño, su deleite. Frágil como la rama que a punto de quebrarse se aferra al tronco anciano, así el viento se amarra a su raíz más honda: su cabello que ondea como bandera única de un país exquisito. Esbelta como el aire que de puntillas anda por las altas palmeras, mínima como el frío que el corazón del alba guarda en su luz más íntima, inmensa como el cielo que habita en la pupila, se vuelve la palabra que el día le musita a los antiguos siglos: el nombre de su orgullo. Con su traje de baño, tan ingenua, tan simple, sin sospechar aquello que en su torno sucede, o notando, si acaso, la tibieza del agua o las lentas gaviotas que vagan dulcemente. Nada posee entonces semejante pureza. Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 3
Jorge Galán Poemas Miniatura Asombrosa Alguien puso unas semillas en mi mano: treinta árboles mañana, un bosque cincuenta años más tarde; aves encontrarán el sur en esos árboles y lobos encontrarán cobijo y las hormigas crecerán como un cuerpo entre las raíces ciegas y soñolientas y alguna vez una casa y otra casa construirán esas maderas y el invierno bajará en sedimentos y el otoño con su total hastío pondrá sus pies pesados sobre los troncos gruesos y no los vencerá. Nada hará que se quiebren. Y dentro de cien años cien hombres serán hombres felices amando a sus mujeres bajo esos techos amplios, un perfume de bosque flotara todavía en los hijos que lleguen, el mundo será el mundo y la noche la noche las lechuzas de entonces tendrán ojos más grandes y comerán gorriones lo mismo que alacranes y el ratón será mínimo como un insecto extraño, su pálida pelambre lo volverá invisible de noviembre a febrero, y no tendrá enemigo: ni el águila ni el hombre, si acaso, la serpiente. Treinta árboles mañana, flores malvas y rojas creciendo en ese bosque... Ayer, unas semillas que alguien puso en mi mano y que yo lancé al cielo. ___________________ * Tomado del libro: “Tarde de Martes” Premio Hispanoamericano de Poesía Quetzaltenango 2004. Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 4
Jorge Galán Poemas El Frío Una flor agotada por el lento verano: eso te obsequia y te habla de sus ojos odiosos con maneras odiosas: se cree tan hermoso o algo más que tú misma. Tú te inclinas en busca de una cosa que brilla sobre el suelo de hierba: no es nada o quizá sea... no has podido saberlo. El día se dilata y avanza sobre el mundo como una gran carroza que atraviesa un desfile. Otro más te regala un muñeco muy blanco. Es demasiado blanco: lo tocas y se ensucia; sin embargo el pelaje, tan tibio y delicado puede hacer que tus manos se tornen displicentes y tibias se deslicen como la luz delgada en los duraznos tiernos. Hay un brillo en tus ojos. Sonríes. Te despiertas: bajo tu pecho tiembla un corazón distinto, y no puedes saberlo. Alguien más te ha obsequiado un pájaro, una jaula: amarillo el plumaje, gris y filoso el pico. El tono de las plumas te deslumbra y asombra. Ya solo su textura por sí misma es caricia. Te parece exquisito ese color que no amas pero crees que amas, y en verdad lo disfrutas. Un animal hermoso, pero su canto es breve, casi como gorjeo y no cesa y te angustia. Un cuarto te ha posado su mano en la mejilla: tu piel expuesta entonces, recogió en esos dedos un temblor sin angustia, un deseo que toma en la mano una forma que no puede en los labios. Se miran a los ojos y una vergüenza insana te llena las mejillas de sentimientos púrpura. Tu cabello cercado por ganchos implacables
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te hace lucir distinta: ya no eres una niña. Bebes desde ese vaso que te han puesto en la mesa ante ti, con fineza, con firmeza, con hambre. La bebida te sabe sabrosa y la disfrutas: es dulce y embrujada por un licor que entonces en tu aliento volátil se volverá perfume: hablas y alguien se duerme para soñar que hablas sin notar que en sus venas se ha inflamado la sangre. Ingenua, cuanto crees, no son más que espejismos: las palabras que escuchas nunca han sido palabras sino vestidos nuevos para fiebres muy viejas. Tu belleza no importa porque eso no interesa, o interesa, tan solo, mientras persiste o baste. Tu tesoro relumbra como luz temblorosa: los insectos rodean su calor inmediato. Desde lejos te observo. Callo. No participo. El frío que te eriza son mis brazos cerrados.
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Jorge Galán Poemas Palabras Hermosas De nada valen las palabras hermosas estas o cualquier otras de qué vale que tus ojos sean pájaros que se roben el alba de los faros esa que es una espada que en las aguas se hunde como en un corazón y de qué vale la gaviota, inusitada siempre, que en tu mano descansa de ese vuelo de una estación a otra estación a otra estación, porque de nada vale que seas la música que musita el pino más anciano el más sabio de todos, el más bello, ese que observó a Dios besar una bellota y más tarde dormir y más tarde soñar de qué vale la vuelta del viento con su vestido blanco con su capa lustrosa que te cubre la espalda y no produce frío, y ese campo amarillo ¿sirve para algo más que contemplarlo hasta volverlo una tristeza? De nada vale que te deje en la frente todo el sabor del mar que te deje en el pecho, en medio de los senos, un fuego que no cese la llama que por años, para siempre incontables, permanezca en el árbol como fruta dulcísima de inusitada forma. De nada vale el cielo que en torno a ti elabora su estelar geografía ni la gota de ámbar que baja hasta tus ojos y divide la noche. De nada valen las palabras hermosas, cualquier otras o estas, tu silencio implacable las oscurece a todas. ________________ * Tomado del libro: “Tarde de Martes” Premio Hispanoamericano de Poesía Quetzaltenango 2004. Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 7
Jorge Galán Poemas Quiero Decir que Nadie Que nadie venga a pedir explicaciones que nadie venga a decirme que soy culpable de esto o de aquello. Es cierto, el cielo sobre mis hombros no carece de montañas… pero tampoco de aves. El ruido de las rodillas al caer en la tierra ha embellecido un alma, el ruido de la gota de llanto en la hierba ennegrecida ha allanado el camino que siempre es un regreso, por eso que nadie venga con su ramo de disecadas flores a dejarlo en la tumba donde debía haber un muerto y no hay un muerto sino solo unos ojos que saben lo terrible de mirar en la nada y hallarse mientras tanto, así que no venga nadie ahora a querer mencionar todo lo que fue dicho antes y no oído no venga nadie a querer levantar los muros alrededor de la casa de aquel que antes de ser un hombre ha sido ya un anciano no traiga nadie hasta aquí la palabra nefasta cuyo centro es abismo, cuyo borde es tormenta, no venga nadie a recordar al olvidado intentando cerrar la yaga que no puede cerrarse ni venga ningún violín maligno a endulzar la malsana melodía que el pecho agónico conoce: esa asma donde cría el invierno sus pájaros oscuros y sus campos de niebla, y que nadie pretenda venir y cerrar unos ojos que a la noche y al día ya no deben cerrarse ya no pueden ni esperan ni quisieran cerrarse, y que nadie pretenda retornar de ese reino rodeado por murallas como el mar rodeado por islas donde crece la piedra y la tiniebla que carcome la piedra, que el frío permanezca solamente en el frío y la sombra en la cueva donde repta el silencio, que el aroma nefasto solo se hunda en los poros de aquel de donde emana, que el siglo donde habitas no se acerque a mi instante, que no se atreva nadie a mirarme los ojos, y tú menos que nadie…y tú menos que nadie…y tú menos que nadie… Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 8
Que no se atreva lo visto o lo no visto a juzgarme por cosas que solo yo conozco, que nadie se atreva a venir a reclamarme por su tristeza interminable. Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 9
Jorge Galán Poemas La Ciudad Ciudad solo en la niebla: tus hijos no te amamos, hacia fuera del valle que te cerca creciste y entonces engulliste la luz con tu poniente: cuatro muros terribles que detienen el alba. Te tendiste en los cerros como un cuerpo maligno. Sin existir existes, regresas en los sueños, un rumor de carruajes es el viento en las frondas, joven, diáfana, breve, ataviada con pálidos faroles como teas, en tu espalda el invierno como un cabello oscuro, y en tus sienes plateadas dos lentísimos ríos que te cuentan historias. Iglesias derrumbadas son tus ojos cerrados. Líneas de antiguos trenes se hacen mueca en tu boca. Ciudad emancipada por columnas de humo que hacia la noche avanzan como agujas de sombra, por ellas van tus muertos escalando lentísimos: tú te has quedado ciega, no puedes observarlos pero sientes el frío como un presentimiento cuando una mano trémula, sin quererlo, te toca. Una lágrima sube: tu catedral sin alma ni siquiera sospecha que alguna vez fue hermosa, no comprende su aspecto, ese su cuerpo solemne saturado de ropas, ni esa estación terrible que la hizo un espejismo rodeado de palomas. No comprende las voces que en sus salones lanzan, en lenguajes extraños, sus letanías sórdidas. Sus columnas no saben sostener la mañana. Sus campanas no entienden por qué razones doblan. Ciudad toda de esquinas, ámbito de esos cuerpos que en prematuras muertes ven transcurrir los días como lentos tranvías que ahora nadie aborda, gran salón adornado con niños tan extraños cuyos pálidos cuerpos ya no producen sombra, tus trenes no regresan ni tus ríos podrían
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reflejar algún rostro, si un rostro se asomara. Tus carretas cruzaron la frontera nocturna: sus siluetas se alejan, se dilatan, se borran. Tu antiguo señorío se quedó en las postales que nadie enviará nunca. Los sueños no retornan. Ciudad solo en la niebla, gélido hogar que avanzas por un valle sin vida desgranando esos panes cuyas migajas ácimas se anudan en alfombras, como un manto sombrío caes sobre los rostros de tus hijos dormidos, y en sus sueños te nombran, quizás te llaman madre, pero la noche pasa y la luz te disipa: no existes en la aurora. La aurora es esa túnica que olvidaste vestirte. Desnuda como el frío, caminas y te encorvas: ayer eras la niña, ciudad solo en la niebla, pero hoy eres la anciana que el tiempo mismo ignora. Tu nombre no posee más verdad que mi nombre: un chasquido de lengua paladeando un idioma. Realidades siniestras se abren ante nosotros, que andamos sin ir juntos, triste ciudad insólita. _________________ * Tomado del libro: “Tarde de Martes” Premio Hispanoamericano de Poesía Quetzaltenango 2004. Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 11
Jorge Galán Poemas Elegía del tiempo Han pasado los años, en la ventana crece una pelambre de neblina profunda, esa ventana que ya no conociste y da vista a otros sitios que jamás sospechaste. Nos marchamos de casa, dejamos tus claveles al cuidado del viento: una sombra aún delgada los mancha con su frío. Ahora tengo una madre, tiene el cabello blanco como un llanto de nieve, voy aprendiendo a hablarle con palabras más dulces, acentúo las sílabas en instantes más claros, me dejo ver por ella algo menos terrible. También guardo a tu viuda, tu hermosa dama negra, pétalo suspendido en mitad de un otoño que no tuvo regreso. Si la vieras andar, si vieras esos pies llenos de un musgo que parece violetas, si la oyeras hablar en esa lengua que enternece a los astros. Como tiene el cabello parecido al azúcar, suele soñar abejas que le trenzan el pelo. Sin quererlo se ha vuelto mínima y luminosa como un ángel con frío. Mi niña se me ha ido. La veo desde lejos. Algo te haría triste si me vieras mirarla. Algo te afligiría si me vieras seguirla como se sigue a veces el final de la tarde. Algo que no podrías saber cómo llamarlo, porque dónde te encuentras no es posible ese nombre ni su significado. Las cosas son distintas: hoy sueño mucho menos y grito mucho más. El sol es menos joven, los trenes ya no existen, las palomas no vuelven. Ayer me dolió el pecho y dejé de ser niño para siempre. Han pasado los años, no demasiados pero si suficientes para aprender a tener miedo. ¿Es cierto que la muerte sabe todos los nombres?
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Voy desapareciendo como un día alcanzado por la noche terrible. De aquello que dejaste ya me queda muy poco. Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 13
Jorge Galán Poemas Transeúnte Parado en la acera, a la orilla de esta calle situada a su vez al norte de esta ciudad donde puede morir un hombre y su muerte tendría la misma importancia que la aspiración de una pequeña dama que percibe un leve aroma blanco que jamás podría ser el aroma de la nieve. La muerte no vale mucho aquí, solo un poco más que el árbol que se derrumba sobre sí mismo en la profundidad del bosque, sin que nadie le note, pero debería tener un valor similar al de esa torre que se derrumba por el sonido incalculable de un millar de trompetas. Los gritos aquí, lo mismo que palomas oscuras, penden de los aleros o llegan a morir a los techos de edificios y casas donde el ratón y el musgo se conocen. El viento es el único abrigo aquí, el único edredón. Los autos pasan como mínimas olas a mis pies. Atrás de mí los transeúntes y la noche son lo mismo. Los faroles se han encendido como ojos repentinos que recobran la vista. La muerte es la única abundancia cotidiana. Vuelvo a moverme, camino en línea recta, ni a izquierda ni a derecha volteo, la sombra de un muchacho se enreda a mis pies como algún día un niño lo hizo en las piernas de una madre cuyos ojos no miraban el mundo sino la oscuridad. Mi paseo me lleva hasta una esquina. Me detengo. Pienso que las estaciones andan y se detienen en ese lugar donde debían de llegar y que jamás se equivocan de sitio. Quisiera ser el invierno estacionado en esta esquina distante, la femenina primavera o el enfebrecido verano me interesan muy poco, el otoño solo le interesa a mis ojos y unos ojos no pueden ser un alma, si mi alma fuese un martillo yo mismo sería un yunque y el martillo que golpea ese
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yunque, si fuese un animal sería una lombriz que repta en recónditos lugares, cavernas parecidas a la inmensidad antes de la creación; si fuese un árbol no sería un árbol sino una multitud de bambúes, amarillos y esbeltos como las uñas de algún enfermo inútil. Me siento, me recuesto en el piso, veo la noche establecida, los astros que no puedo leer y la negrura que no puedo explicar ni poseer. Quienes me observan prefieren ver un cuerpo tendido y no la eternidad que se abre en el cielo como unos brazos llenos de amor en torno de otro cuerpo, poco antes de cerrarse; prefieren ver la ingenuidad colmando el rostro de la inerte inmundicia, el hambre dibujando unos pómulos que algunas vez fueron manzanas frescas, prefieren observar la palidez de lo insano y el orgullo de la demencia antes que el mapa de la creación que sobre cada una de sus cabezas baja como lo haría una corona interminable y espléndida sobre la cabeza de un rey. Me siento. Me levanto. Cruzo una calle. Me detengo en la acera, en esta acera donde podría morir y no doblaría una campana anunciando mi muerte ni se doblaría una rodilla ni caería una lágrima ni se oiría una oración. Los automóviles son relámpagos en la oscuridad que se reafirma. Me doy cuenta de que soy el sedimento de esa oscuridad y me sonrío y creo saber que he descubierto la importancia de una existencia, el fin absoluto de la misma, el motivo por el que un hombre fue creado. Debiera de haber ángeles abrazando mis pies. Debiera de haber una docena de bellísimos niños besándome las manos. Debiera de haber un millar de mujeres humedeciéndome el cabello con perfume finísimo. Debiera de haber música de panderos a mi espalda y al frente. Debiera de ser esta una playa flanqueada por palmeras y no una triste calle. Debo decir que mi aliento me ha descubierto a veces el olor de la muerte. Y pensar que fui bello como el cachorro blanco de un León poderoso. Atrás de mí los seres y la noche no pueden ni deben ser distintos. Mi discurso es la niebla que baja de los árboles.
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LOS TRENES EN LA NIEBLA
Jorge Galán
Los trenes salían de la niebla. Me dejaban atrás. Yo era su pasado
más inmediato. Entonces vivía al final o al inicio de lo que llamábamos horizonte
y veía subir y bajar a tantos que aprendí a saber quiénes no iban a volver más.
No puedo decir que se los veía en los ojos ni que algo les cubría
pero aprendí a distinguirlos como se distinguen los vivos de los muertos,
cuando el frío hace que no nos queden dudas.
Sé que nací un noviembre en una época donde aún existían las cartas de amor.
Ese día en alguna parte era otoño, pero acá era invierno con lluvias
y yo sé que a nadie interesan estas cosas, pero ese año,
el último día de diciembre, a medianoche, mi madre y la familia
de mi madre esperaron en el patio trasero, sentados a la mesa,
la caída del tiempo de los hombres. Pero nada pasó, les habían mentido,
las escrituras no cumplieron sus promesas entonces, ni una figura
surgió de las nubes ni se escuchó campana alguna ni trompeta.
Decepcionados caminaron a través de una línea de tren hacia la oscuridad,
sus rostros eran la tristeza, poco les quedaba, alguien, nunca
se dijo quién, dio fuego a la iglesia y esta ardió hasta el amanecer
y nadie más volvió a visitarla porque nadie la levantó
y yo crecí como una pupila que se acostumbra a la sombra.
Era un chico cuando escuché el primer silbato
y hacía mucho que no era más un hombre cuando vino a mí el último,
y era tan semejante al primero que podría creer que era el mismo.
Y entre el primero y el último, un instante, un aliento del mundo.
Una vez vi un hombre que venía de la nieve, era oscuro
como aquello que la luna no puede afectar con su magia en el fondo del mar.
Fue él quien me habló de los enormes hielos que se paseaban
sobre la superficie de las aguas como ciudades muertas sobre una pupila,
hielos como planetas en el desierto de lo inconmensurable,
ahí donde demonios y ángeles, me dijo, luchan desde una antigüedad inusitada
por hacerse con lo que no existía, con el destino del hombre.
Puedo decir que sus manos eran frías y gruesas y lo mismo podría
decir sobre sus ojos y quizá sobre su alma: he probado la carne del lobo
y del zorro y del hombre, me aseguró. El Ártico es una selva blanca,
la vida ahí no es un cuento que alguien narra en un bar, ahí el filo brumoso
de un cuchillo, ese brillo, hace la diferencia entre el ahora y el después.
Un día una mujer vino del mar. Del mar no sabía más que historias de viajeros asombrados.
Pero sus poderosos muslos eran islotes tostados bajo el sol, su rostro
era una ola de arena gruesa y gris, bajo su mano suave como una nube
mi mano se hundió como un albatros que cae después de mil días de viaje,
perdido, para morir bajo las aguas, entre las serpientes y los tiburones,
y todo yo me sumergí y ella me aseguró que sus palabras, tan suaves
en mi oído, eran como el canto de las ballenas y que no debía temer,
que no temiera morir en esas aguas, que la tormenta nunca temió del mar,
y no temí y por tres meses un aliento salado me recorrió todo mi cuerpo
y cuando, llegado otra vez el tiempo de las lluvias, ella no miró atrás,
su espalda adquirió la forma de una raya y yo la vi perderse hacia el sur tempestuoso
sin atreverme a nada, sin saltar hacia ese acantilado que se abría ante mí
como un cielo distinto, sin emitir un leve susurro emocionado.
Y todo pasó y las estaciones del mundo cambiaron una y otra vez y otra y otra.
Marzo tenía olor a mandarinas y diciembre a manzanas frescas.
Envejecí una tarde cuando el temblor de una mano me impidió repartir unas cartas.
Una noche alguien me preguntó mi nombre y lo había usado tan poco
que no le recordé, entonces, luego de vender el último billete del día,
salí y bebí y volví a beber y bebí tanto y luego dormí tanto que al despertar
nada era ya lo mismo dentro mí. Jamás había tomado el tren hacia las montañas
ni hacia el mar ni hacia ningún país vecino ni hacia ninguna parte.
Todo había quedado atrás hacía demasiado tiempo: la madre y la familia
de la madre se habían detenido en alguna parte que yo no conocía.
Una sola taza había en la alacena, una sola cama, una sola silla, un cepillo de dientes
en el baño de una casa de madera sin pintar, visitada por los mosquitos
y las voces de unos que ya no estaban ahí pero que insistían, llegada la noche,
en conversar sobre tiempos antiguos donde existí sin existir. Hacía tanto
que para alguien que ni si siquiera sospechaba yo también era solo una figura
que cada madrugada salía de la niebla. Y lo sabía todo, lo había comprendido.
Esa mañana no quise volver más y ya no volví más a ningún sitio.
Desde entonces ya no recuerdo ni sé mucho, y quizá sea mi única certeza
que como yo, todos aquellos trenes, también salían de la niebla…
Jorge Galán Poemas Una Muchacha A Karen Lisseth Aparicio Arévalo Conozco una muchacha que ha dejado de ser muchacha y es una gran tristeza dentro de una muchacha de inmensos ojos claros que me recordaban y aún me recuerdan los ojos de una vieja muñeca que conocí alguna vez y sus grandes pestañas parecen abanicos de seda y su boca parece una fuente de donde viene el alba y por eso lamento tanto haber escuchado esa flauta terrible creciendo hacia dentro de ella como el río que viene de las montañas nevadas y se adentra en la cueva hasta volverse una serpiente oscura, subterránea, que transita horadando todo a su paso, carcomiendo y fundando en la piedra monumentos que solo pueden mostrar el deterioro. ¿Me pregunto hace cuánto no se detendrá, ella, la misma, sola bajo el crepúsculo y mirará las estrellas tempranas sobre los cerros colmados por una luz tardía y luego, bajando la vista, entre los arbustos, sorprenderá lo que solo al ocaso se sorprende: las hadas que alguna vez – esto no lo recuerda – la hicieron volar de una mesa a una cama de una cama a un sillón y de un sillón a la cama otra vez en un vuelo que era, lo sé, el mismo que el del diente de león en las briznas ya cálidas de marzo y que a medida que se aleja va cayéndose y dejando una magia amarilla donde quiera que pasa, y lamento tanto, al recordar estas cosas, todos estos motivos más hermosos que una marea atrapada en la pupila asombrada de una anciana que ve por primera vez el mar, que esa muchacha ya no sea la muchacha dulce que solía conocer sino una tristeza dentro del cuerpo de una muchacha que, alguna vez, no hace mucho, me ha tomado una mano y me ha llevado, a través de la niebla, hasta salir a un sitio de colinas donde pude otra vez asir el aire con unas manos tibias
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y donde pude, además, ver el color marrón de las piedras y el verde fresquísimo del pasto y ahora, por todo eso, me apena tanto ver en su pequeña alma, igual que en un pequeño estanque, esas estrellas muertas que nadie ha de mirar, y ella misma es una mínima estrella para la cual no hay ojos, salvo mis propios ojos amarillos que ella vio y no recuerda o cree no recordar y se esconde, tras murallas altísimas erigidas con hierro y miedo y fango, y huye de mí, se esconde como el barco fantasma se esconde de los ojos curiosos tras la niebla marina. Pero un alba nunca es en vano como no puede ser en vano un relámpago ni esa música que de su aliento cae como fruta invisible que comí y aún como y por eso puedo decir que conozco a una muchacha que ha dejado de ser una muchacha y es una gran tristeza pero que esa tristeza no es más grande que el mundo y que yo he visto el mundo en su pupila como una perla azul y sumergida en una gota cínica de llanto que secaré en mi dedo cuando halla que secarla… ¿Cuándo será el instante más propicio de todos para secar el llanto de una dulce muchacha?
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Jorge Galán Poemas Paseo de una Niña en la Playa Ya sin tocar el suelo, sus pies casi de agua se deslizan, lentísimos, sobre la arena parda matizada de espuma. Es casi mediodía, sobre ella las gaviotas planean dulcemente, el mar que hizo en la piedra motivo de su furia no se atreve en sus pies, retrocede, no vuelve sino en rocíos lentos de un azul menos ávido. Le toca con su música, con su arrullo y se vuelve un amante imposible que encuentra en la tristeza el motivo preciso para intentar dormirle, hechizarla, volverla su sueño, su deleite. Frágil como la rama que a punto de quebrarse se aferra al tronco anciano, así el viento se amarra a su raíz más honda: su cabello que ondea como bandera única de un país exquisito. Esbelta como el aire que de puntillas anda por las altas palmeras, mínima como el frío que el corazón del alba guarda en su luz más íntima, inmensa como el cielo que habita en la pupila, se vuelve la palabra que el día le musita a los antiguos siglos: el nombre de su orgullo. Con su traje de baño, tan ingenua, tan simple, sin sospechar aquello que en su torno sucede, o notando, si acaso, la tibieza del agua o las lentas gaviotas que vagan dulcemente. Nada posee entonces semejante pureza. Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 3
Jorge Galán Poemas Miniatura Asombrosa Alguien puso unas semillas en mi mano: treinta árboles mañana, un bosque cincuenta años más tarde; aves encontrarán el sur en esos árboles y lobos encontrarán cobijo y las hormigas crecerán como un cuerpo entre las raíces ciegas y soñolientas y alguna vez una casa y otra casa construirán esas maderas y el invierno bajará en sedimentos y el otoño con su total hastío pondrá sus pies pesados sobre los troncos gruesos y no los vencerá. Nada hará que se quiebren. Y dentro de cien años cien hombres serán hombres felices amando a sus mujeres bajo esos techos amplios, un perfume de bosque flotara todavía en los hijos que lleguen, el mundo será el mundo y la noche la noche las lechuzas de entonces tendrán ojos más grandes y comerán gorriones lo mismo que alacranes y el ratón será mínimo como un insecto extraño, su pálida pelambre lo volverá invisible de noviembre a febrero, y no tendrá enemigo: ni el águila ni el hombre, si acaso, la serpiente. Treinta árboles mañana, flores malvas y rojas creciendo en ese bosque... Ayer, unas semillas que alguien puso en mi mano y que yo lancé al cielo. ___________________ * Tomado del libro: “Tarde de Martes” Premio Hispanoamericano de Poesía Quetzaltenango 2004. Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 4
Jorge Galán Poemas El Frío Una flor agotada por el lento verano: eso te obsequia y te habla de sus ojos odiosos con maneras odiosas: se cree tan hermoso o algo más que tú misma. Tú te inclinas en busca de una cosa que brilla sobre el suelo de hierba: no es nada o quizá sea... no has podido saberlo. El día se dilata y avanza sobre el mundo como una gran carroza que atraviesa un desfile. Otro más te regala un muñeco muy blanco. Es demasiado blanco: lo tocas y se ensucia; sin embargo el pelaje, tan tibio y delicado puede hacer que tus manos se tornen displicentes y tibias se deslicen como la luz delgada en los duraznos tiernos. Hay un brillo en tus ojos. Sonríes. Te despiertas: bajo tu pecho tiembla un corazón distinto, y no puedes saberlo. Alguien más te ha obsequiado un pájaro, una jaula: amarillo el plumaje, gris y filoso el pico. El tono de las plumas te deslumbra y asombra. Ya solo su textura por sí misma es caricia. Te parece exquisito ese color que no amas pero crees que amas, y en verdad lo disfrutas. Un animal hermoso, pero su canto es breve, casi como gorjeo y no cesa y te angustia. Un cuarto te ha posado su mano en la mejilla: tu piel expuesta entonces, recogió en esos dedos un temblor sin angustia, un deseo que toma en la mano una forma que no puede en los labios. Se miran a los ojos y una vergüenza insana te llena las mejillas de sentimientos púrpura. Tu cabello cercado por ganchos implacables
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te hace lucir distinta: ya no eres una niña. Bebes desde ese vaso que te han puesto en la mesa ante ti, con fineza, con firmeza, con hambre. La bebida te sabe sabrosa y la disfrutas: es dulce y embrujada por un licor que entonces en tu aliento volátil se volverá perfume: hablas y alguien se duerme para soñar que hablas sin notar que en sus venas se ha inflamado la sangre. Ingenua, cuanto crees, no son más que espejismos: las palabras que escuchas nunca han sido palabras sino vestidos nuevos para fiebres muy viejas. Tu belleza no importa porque eso no interesa, o interesa, tan solo, mientras persiste o baste. Tu tesoro relumbra como luz temblorosa: los insectos rodean su calor inmediato. Desde lejos te observo. Callo. No participo. El frío que te eriza son mis brazos cerrados.
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Jorge Galán Poemas Palabras Hermosas De nada valen las palabras hermosas estas o cualquier otras de qué vale que tus ojos sean pájaros que se roben el alba de los faros esa que es una espada que en las aguas se hunde como en un corazón y de qué vale la gaviota, inusitada siempre, que en tu mano descansa de ese vuelo de una estación a otra estación a otra estación, porque de nada vale que seas la música que musita el pino más anciano el más sabio de todos, el más bello, ese que observó a Dios besar una bellota y más tarde dormir y más tarde soñar de qué vale la vuelta del viento con su vestido blanco con su capa lustrosa que te cubre la espalda y no produce frío, y ese campo amarillo ¿sirve para algo más que contemplarlo hasta volverlo una tristeza? De nada vale que te deje en la frente todo el sabor del mar que te deje en el pecho, en medio de los senos, un fuego que no cese la llama que por años, para siempre incontables, permanezca en el árbol como fruta dulcísima de inusitada forma. De nada vale el cielo que en torno a ti elabora su estelar geografía ni la gota de ámbar que baja hasta tus ojos y divide la noche. De nada valen las palabras hermosas, cualquier otras o estas, tu silencio implacable las oscurece a todas. ________________ * Tomado del libro: “Tarde de Martes” Premio Hispanoamericano de Poesía Quetzaltenango 2004. Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 7
Jorge Galán Poemas Quiero Decir que Nadie Que nadie venga a pedir explicaciones que nadie venga a decirme que soy culpable de esto o de aquello. Es cierto, el cielo sobre mis hombros no carece de montañas… pero tampoco de aves. El ruido de las rodillas al caer en la tierra ha embellecido un alma, el ruido de la gota de llanto en la hierba ennegrecida ha allanado el camino que siempre es un regreso, por eso que nadie venga con su ramo de disecadas flores a dejarlo en la tumba donde debía haber un muerto y no hay un muerto sino solo unos ojos que saben lo terrible de mirar en la nada y hallarse mientras tanto, así que no venga nadie ahora a querer mencionar todo lo que fue dicho antes y no oído no venga nadie a querer levantar los muros alrededor de la casa de aquel que antes de ser un hombre ha sido ya un anciano no traiga nadie hasta aquí la palabra nefasta cuyo centro es abismo, cuyo borde es tormenta, no venga nadie a recordar al olvidado intentando cerrar la yaga que no puede cerrarse ni venga ningún violín maligno a endulzar la malsana melodía que el pecho agónico conoce: esa asma donde cría el invierno sus pájaros oscuros y sus campos de niebla, y que nadie pretenda venir y cerrar unos ojos que a la noche y al día ya no deben cerrarse ya no pueden ni esperan ni quisieran cerrarse, y que nadie pretenda retornar de ese reino rodeado por murallas como el mar rodeado por islas donde crece la piedra y la tiniebla que carcome la piedra, que el frío permanezca solamente en el frío y la sombra en la cueva donde repta el silencio, que el aroma nefasto solo se hunda en los poros de aquel de donde emana, que el siglo donde habitas no se acerque a mi instante, que no se atreva nadie a mirarme los ojos, y tú menos que nadie…y tú menos que nadie…y tú menos que nadie… Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 8
Que no se atreva lo visto o lo no visto a juzgarme por cosas que solo yo conozco, que nadie se atreva a venir a reclamarme por su tristeza interminable. Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 9
Jorge Galán Poemas La Ciudad Ciudad solo en la niebla: tus hijos no te amamos, hacia fuera del valle que te cerca creciste y entonces engulliste la luz con tu poniente: cuatro muros terribles que detienen el alba. Te tendiste en los cerros como un cuerpo maligno. Sin existir existes, regresas en los sueños, un rumor de carruajes es el viento en las frondas, joven, diáfana, breve, ataviada con pálidos faroles como teas, en tu espalda el invierno como un cabello oscuro, y en tus sienes plateadas dos lentísimos ríos que te cuentan historias. Iglesias derrumbadas son tus ojos cerrados. Líneas de antiguos trenes se hacen mueca en tu boca. Ciudad emancipada por columnas de humo que hacia la noche avanzan como agujas de sombra, por ellas van tus muertos escalando lentísimos: tú te has quedado ciega, no puedes observarlos pero sientes el frío como un presentimiento cuando una mano trémula, sin quererlo, te toca. Una lágrima sube: tu catedral sin alma ni siquiera sospecha que alguna vez fue hermosa, no comprende su aspecto, ese su cuerpo solemne saturado de ropas, ni esa estación terrible que la hizo un espejismo rodeado de palomas. No comprende las voces que en sus salones lanzan, en lenguajes extraños, sus letanías sórdidas. Sus columnas no saben sostener la mañana. Sus campanas no entienden por qué razones doblan. Ciudad toda de esquinas, ámbito de esos cuerpos que en prematuras muertes ven transcurrir los días como lentos tranvías que ahora nadie aborda, gran salón adornado con niños tan extraños cuyos pálidos cuerpos ya no producen sombra, tus trenes no regresan ni tus ríos podrían
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reflejar algún rostro, si un rostro se asomara. Tus carretas cruzaron la frontera nocturna: sus siluetas se alejan, se dilatan, se borran. Tu antiguo señorío se quedó en las postales que nadie enviará nunca. Los sueños no retornan. Ciudad solo en la niebla, gélido hogar que avanzas por un valle sin vida desgranando esos panes cuyas migajas ácimas se anudan en alfombras, como un manto sombrío caes sobre los rostros de tus hijos dormidos, y en sus sueños te nombran, quizás te llaman madre, pero la noche pasa y la luz te disipa: no existes en la aurora. La aurora es esa túnica que olvidaste vestirte. Desnuda como el frío, caminas y te encorvas: ayer eras la niña, ciudad solo en la niebla, pero hoy eres la anciana que el tiempo mismo ignora. Tu nombre no posee más verdad que mi nombre: un chasquido de lengua paladeando un idioma. Realidades siniestras se abren ante nosotros, que andamos sin ir juntos, triste ciudad insólita. _________________ * Tomado del libro: “Tarde de Martes” Premio Hispanoamericano de Poesía Quetzaltenango 2004. Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 11
Jorge Galán Poemas Elegía del tiempo Han pasado los años, en la ventana crece una pelambre de neblina profunda, esa ventana que ya no conociste y da vista a otros sitios que jamás sospechaste. Nos marchamos de casa, dejamos tus claveles al cuidado del viento: una sombra aún delgada los mancha con su frío. Ahora tengo una madre, tiene el cabello blanco como un llanto de nieve, voy aprendiendo a hablarle con palabras más dulces, acentúo las sílabas en instantes más claros, me dejo ver por ella algo menos terrible. También guardo a tu viuda, tu hermosa dama negra, pétalo suspendido en mitad de un otoño que no tuvo regreso. Si la vieras andar, si vieras esos pies llenos de un musgo que parece violetas, si la oyeras hablar en esa lengua que enternece a los astros. Como tiene el cabello parecido al azúcar, suele soñar abejas que le trenzan el pelo. Sin quererlo se ha vuelto mínima y luminosa como un ángel con frío. Mi niña se me ha ido. La veo desde lejos. Algo te haría triste si me vieras mirarla. Algo te afligiría si me vieras seguirla como se sigue a veces el final de la tarde. Algo que no podrías saber cómo llamarlo, porque dónde te encuentras no es posible ese nombre ni su significado. Las cosas son distintas: hoy sueño mucho menos y grito mucho más. El sol es menos joven, los trenes ya no existen, las palomas no vuelven. Ayer me dolió el pecho y dejé de ser niño para siempre. Han pasado los años, no demasiados pero si suficientes para aprender a tener miedo. ¿Es cierto que la muerte sabe todos los nombres?
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Voy desapareciendo como un día alcanzado por la noche terrible. De aquello que dejaste ya me queda muy poco. Jorge Galán Poemas www.artepoetica.net 13
Jorge Galán Poemas Transeúnte Parado en la acera, a la orilla de esta calle situada a su vez al norte de esta ciudad donde puede morir un hombre y su muerte tendría la misma importancia que la aspiración de una pequeña dama que percibe un leve aroma blanco que jamás podría ser el aroma de la nieve. La muerte no vale mucho aquí, solo un poco más que el árbol que se derrumba sobre sí mismo en la profundidad del bosque, sin que nadie le note, pero debería tener un valor similar al de esa torre que se derrumba por el sonido incalculable de un millar de trompetas. Los gritos aquí, lo mismo que palomas oscuras, penden de los aleros o llegan a morir a los techos de edificios y casas donde el ratón y el musgo se conocen. El viento es el único abrigo aquí, el único edredón. Los autos pasan como mínimas olas a mis pies. Atrás de mí los transeúntes y la noche son lo mismo. Los faroles se han encendido como ojos repentinos que recobran la vista. La muerte es la única abundancia cotidiana. Vuelvo a moverme, camino en línea recta, ni a izquierda ni a derecha volteo, la sombra de un muchacho se enreda a mis pies como algún día un niño lo hizo en las piernas de una madre cuyos ojos no miraban el mundo sino la oscuridad. Mi paseo me lleva hasta una esquina. Me detengo. Pienso que las estaciones andan y se detienen en ese lugar donde debían de llegar y que jamás se equivocan de sitio. Quisiera ser el invierno estacionado en esta esquina distante, la femenina primavera o el enfebrecido verano me interesan muy poco, el otoño solo le interesa a mis ojos y unos ojos no pueden ser un alma, si mi alma fuese un martillo yo mismo sería un yunque y el martillo que golpea ese
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yunque, si fuese un animal sería una lombriz que repta en recónditos lugares, cavernas parecidas a la inmensidad antes de la creación; si fuese un árbol no sería un árbol sino una multitud de bambúes, amarillos y esbeltos como las uñas de algún enfermo inútil. Me siento, me recuesto en el piso, veo la noche establecida, los astros que no puedo leer y la negrura que no puedo explicar ni poseer. Quienes me observan prefieren ver un cuerpo tendido y no la eternidad que se abre en el cielo como unos brazos llenos de amor en torno de otro cuerpo, poco antes de cerrarse; prefieren ver la ingenuidad colmando el rostro de la inerte inmundicia, el hambre dibujando unos pómulos que algunas vez fueron manzanas frescas, prefieren observar la palidez de lo insano y el orgullo de la demencia antes que el mapa de la creación que sobre cada una de sus cabezas baja como lo haría una corona interminable y espléndida sobre la cabeza de un rey. Me siento. Me levanto. Cruzo una calle. Me detengo en la acera, en esta acera donde podría morir y no doblaría una campana anunciando mi muerte ni se doblaría una rodilla ni caería una lágrima ni se oiría una oración. Los automóviles son relámpagos en la oscuridad que se reafirma. Me doy cuenta de que soy el sedimento de esa oscuridad y me sonrío y creo saber que he descubierto la importancia de una existencia, el fin absoluto de la misma, el motivo por el que un hombre fue creado. Debiera de haber ángeles abrazando mis pies. Debiera de haber una docena de bellísimos niños besándome las manos. Debiera de haber un millar de mujeres humedeciéndome el cabello con perfume finísimo. Debiera de haber música de panderos a mi espalda y al frente. Debiera de ser esta una playa flanqueada por palmeras y no una triste calle. Debo decir que mi aliento me ha descubierto a veces el olor de la muerte. Y pensar que fui bello como el cachorro blanco de un León poderoso. Atrás de mí los seres y la noche no pueden ni deben ser distintos. Mi discurso es la niebla que baja de los árboles.
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domingo 11 de octubre de 2009
Miguel Hernández
Miguel Hernández
España (1910-1942)
Como el toro
Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado,
por un varón en la ingle como un fruto.
Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.
Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.
Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.
Por una senda
Por una senda van los hortelanos,
que es la sagrada hora del regreso,
con la sangre injuriada por el peso
de inviernos, primaveras y veranos.
Vienen de los esfuerzos sobrehumanos
y van a la canción, y van al beso,
y van dejando por el aire impreso
un olor de herramientas y de manos.
Por otra senda yo, por otra senda
que no conduce al beso aunque es la hora,
sino que merodea sin destino.
Bajo su frente trágica y tremenda,
un toro solo en la ribera llora
olvidando que es toro y masculino.
No cesará este rayo.
No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?
¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita?
Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.
Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.
Tengo estos huesos.
Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.
Como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.
Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.
Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo.
España (1910-1942)
Como el toro
Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado,
por un varón en la ingle como un fruto.
Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.
Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.
Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.
Por una senda
Por una senda van los hortelanos,
que es la sagrada hora del regreso,
con la sangre injuriada por el peso
de inviernos, primaveras y veranos.
Vienen de los esfuerzos sobrehumanos
y van a la canción, y van al beso,
y van dejando por el aire impreso
un olor de herramientas y de manos.
Por otra senda yo, por otra senda
que no conduce al beso aunque es la hora,
sino que merodea sin destino.
Bajo su frente trágica y tremenda,
un toro solo en la ribera llora
olvidando que es toro y masculino.
No cesará este rayo.
No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?
¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita?
Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.
Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.
Tengo estos huesos.
Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.
Como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.
Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.
Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo.
Tomás Segovia
Tomás Segovia
España (1927-)
Otra vez en tu fondo...
Otra vez en tu fondo empezó eso...
Abre sus ojos ciegos el gemido,
se agita en ti, exigente y sumergido,
emprende su agonía sin regreso.
Yo te siento luchar bajo mi peso
contra un dios gutural y sordo, y mido
la hondura en que tu cuerpo sacudido
se convulsiona ajeno hasta en su hueso.
Me derrumbo cruzando tu derrumbe,
torrente en un torrente y agonía
de otra agonía; y doblemente loco,
me derramo en un golfo que sucumbe,
y entregando a otra pérdida la mía,
el fondo humano en las tinieblas toco.
España (1927-)
Otra vez en tu fondo...
Otra vez en tu fondo empezó eso...
Abre sus ojos ciegos el gemido,
se agita en ti, exigente y sumergido,
emprende su agonía sin regreso.
Yo te siento luchar bajo mi peso
contra un dios gutural y sordo, y mido
la hondura en que tu cuerpo sacudido
se convulsiona ajeno hasta en su hueso.
Me derrumbo cruzando tu derrumbe,
torrente en un torrente y agonía
de otra agonía; y doblemente loco,
me derramo en un golfo que sucumbe,
y entregando a otra pérdida la mía,
el fondo humano en las tinieblas toco.
Dámaso Alonso
Amor
No sé. Sólo me llega, en el venero
de tus ojos, la lóbrega noticia
de Dios: sólo en tus labios, la caricia
de un mundo en mies, de un celestial granero.
¿Eres limpio cristal, o ventisquero
destructor? No, no sé... De esta delicia,
yo sólo sé su cósmica avaricia,
el sideral latir con que te quiero.
Yo no sé si eres muerte o eres vida,
si toco rosa en ti, si toco estrella,
si llamo a Dios o a ti cuando te llamo.
Junco en el agua o sorda piedra herida,
sólo sé que la tarde es ancha y bella,
sólo sé que soy hombre y que te amo.
Destrucción inminente
¿Te quebraré, varita de avellano,
te quebraré quizás? ¡Oh tierna vida,
ciega pasión en verde hervor nacida,
tú, frágil ser que oprimo con mi mano!
Un chispazo fugaz, sólo un liviano
crujir en dulce pulpa estremecida,
y aprenderás, oh rama desvalida,
cuánto pudo la muerte en un verano.
Mas, no; te dejaré... Juega en el viento,
hasta que pierdas, al otoño agudo,
tu verde frenesí, hoja tras hoja.
Dame otoño también, Señor, que siento
no sé qué hondo crujir, qué espanto mudo.
Detén, oh Dios, tu llamarada roja.
No sé. Sólo me llega, en el venero
de tus ojos, la lóbrega noticia
de Dios: sólo en tus labios, la caricia
de un mundo en mies, de un celestial granero.
¿Eres limpio cristal, o ventisquero
destructor? No, no sé... De esta delicia,
yo sólo sé su cósmica avaricia,
el sideral latir con que te quiero.
Yo no sé si eres muerte o eres vida,
si toco rosa en ti, si toco estrella,
si llamo a Dios o a ti cuando te llamo.
Junco en el agua o sorda piedra herida,
sólo sé que la tarde es ancha y bella,
sólo sé que soy hombre y que te amo.
Destrucción inminente
¿Te quebraré, varita de avellano,
te quebraré quizás? ¡Oh tierna vida,
ciega pasión en verde hervor nacida,
tú, frágil ser que oprimo con mi mano!
Un chispazo fugaz, sólo un liviano
crujir en dulce pulpa estremecida,
y aprenderás, oh rama desvalida,
cuánto pudo la muerte en un verano.
Mas, no; te dejaré... Juega en el viento,
hasta que pierdas, al otoño agudo,
tu verde frenesí, hoja tras hoja.
Dame otoño también, Señor, que siento
no sé qué hondo crujir, qué espanto mudo.
Detén, oh Dios, tu llamarada roja.
Juan Ramón Jiménez
Juan Ramón Jiménez
España (1881-1959)
Nada.
A tu abandono opongo la elevada
torre de mi divino pensamiento.
Subido a ella, el corazón sangriento
verá la mar, por él empurpurada.
Fabricaré en mi sombra la alborada,
mi lira guardaré del vano viento,
buscaré en mis entrañas mi sustento...
Mas, ¡ay!, ¿y si esta paz no fuera nada?
¡Nada, sí, nada, nada...! -O que cayera
mi corazón al agua, y de este modo
fuese el mundo un castillo hueco y frío...-
Que tú eres tú, la humana primavera,
la tierra, el aire, el agua, el fuego, ¡todo!,
...¡y soy yo sólo el pensamiento mío!
Primavera
Abril sin tu asistencia clara, fuera
invierno de caídos esplendores;
mas aunque abril no te abra a ti sus flores,
tú siempre exaltarás la primavera.
Eres la primavera verdadera:
rosa de los caminos interiores,
brisa de los secretos corredores,
lumbre de la recóndita ladera.
¡Qué paz, cuando en la tarde misteriosa,
abrazados los dos, sea tu risa
el surtidor de nuestra sola fuente!
Mi corazón recoJerá tu rosa,
sobre mis ojos se echará tu brisa,
tu luz se dormirá sobre mi frente...
Recogimiento.
De tanto caminar por los alcores
agrios de mi vivir cansado y lento,
mi desencadenado pie sangriento
no gusta ya de ir entre las flores.
¡Qué bien se casan estos campeadores:
el pie que vence y el entendimiento!
El recio corazón, ¡con qué contento
piensa en mayo, brotado de dolores!
Es ya el otoño, y en el yermo y puro
sendero de mi vida sin fragancia,
la hoja seca me dora la cabeza...
¡Amor, amor! ¡Qua abril se torna oscuro!
¡Que no cojo al verano su abundancia!
¡Que encuentro ya divina mi tristeza!
Octubre.
Estaba echado yo en la tierra, enfrente
del infinito campo de Castilla,
que el otoño envolvía en la amarilla
dulzura de su claro sol poniente.
Lento, el arado, paralelamente
abría el haza oscura, y la sencilla
mano abierta dejaba la semilla
en su entraña partida honradamente.
Pensé arrancarme el corazón, y echarlo,
pleno de su sentir alto y profundo,
al ancho surco del terruño tierno;
a ver si con romperlo y son sembrarlo,
la primavera le mostraba al mundo
el árbol puro del amor eterno.
España (1881-1959)
Nada.
A tu abandono opongo la elevada
torre de mi divino pensamiento.
Subido a ella, el corazón sangriento
verá la mar, por él empurpurada.
Fabricaré en mi sombra la alborada,
mi lira guardaré del vano viento,
buscaré en mis entrañas mi sustento...
Mas, ¡ay!, ¿y si esta paz no fuera nada?
¡Nada, sí, nada, nada...! -O que cayera
mi corazón al agua, y de este modo
fuese el mundo un castillo hueco y frío...-
Que tú eres tú, la humana primavera,
la tierra, el aire, el agua, el fuego, ¡todo!,
...¡y soy yo sólo el pensamiento mío!
Primavera
Abril sin tu asistencia clara, fuera
invierno de caídos esplendores;
mas aunque abril no te abra a ti sus flores,
tú siempre exaltarás la primavera.
Eres la primavera verdadera:
rosa de los caminos interiores,
brisa de los secretos corredores,
lumbre de la recóndita ladera.
¡Qué paz, cuando en la tarde misteriosa,
abrazados los dos, sea tu risa
el surtidor de nuestra sola fuente!
Mi corazón recoJerá tu rosa,
sobre mis ojos se echará tu brisa,
tu luz se dormirá sobre mi frente...
Recogimiento.
De tanto caminar por los alcores
agrios de mi vivir cansado y lento,
mi desencadenado pie sangriento
no gusta ya de ir entre las flores.
¡Qué bien se casan estos campeadores:
el pie que vence y el entendimiento!
El recio corazón, ¡con qué contento
piensa en mayo, brotado de dolores!
Es ya el otoño, y en el yermo y puro
sendero de mi vida sin fragancia,
la hoja seca me dora la cabeza...
¡Amor, amor! ¡Qua abril se torna oscuro!
¡Que no cojo al verano su abundancia!
¡Que encuentro ya divina mi tristeza!
Octubre.
Estaba echado yo en la tierra, enfrente
del infinito campo de Castilla,
que el otoño envolvía en la amarilla
dulzura de su claro sol poniente.
Lento, el arado, paralelamente
abría el haza oscura, y la sencilla
mano abierta dejaba la semilla
en su entraña partida honradamente.
Pensé arrancarme el corazón, y echarlo,
pleno de su sentir alto y profundo,
al ancho surco del terruño tierno;
a ver si con romperlo y son sembrarlo,
la primavera le mostraba al mundo
el árbol puro del amor eterno.
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